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BIENVENIDO@ A HONAN Este Internado situado en Tokyo. Está a las afueras del lugar, pero muy cerca de una ciudad con bastantes sitios importantes para visitar y experiencias que vivir. A este instituto la mayoría son familias de clases medias-alta (con algunas excepciones gracias a las becas) para que sus hijos crezcan con una educación bien formada, sobre todo dirigida a accesos a la universidad de Tokyo (la Tôdai). Algunos alumnos acuden obligados por sus padres, ya que su pasado no es demasiado ejemplar, sea por su comportamiento o por sus notas y otros por decisión propia que incluso pueden llegar a trabajar en sitios no recomendados para pagarse la estancia aquí.
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Te amaré por mas de cien años , mi pequeño conde.

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Te amaré por mas de cien años , mi pequeño conde.

Mensaje por Lady Eveline Payne el Miér Sep 11, 2013 2:42 am


Lady Eveline Payne


Información Básica

Nombre Completo:  Lady Eveline Payne
Apodos:Sirenita
Edad:15
Edad que aparenta:13
Raza: semi-animal:Sirena
Orientación Sexual:Heterosexual
Ocupación/Cursoprimer curso
Nacionalidad:Algún lugar del oceáno

Información Psicológica

Descripción Psicológica Defectos
Eveline  es una chica callada  y reservada ,  no le gusta abrirse a la gente , por lo tanto muy pocas personas saben de ella .
Con los desconocídos es cortés pero nunca empieza una combersación fluída , es reservada ,  a no ser que sea alguien importante y tenga que dejar bien a su  madre adoptiva , para ser una niña es bastante inteligente en ese aspecto.
Los que saben un poco de ella , son Lady Elisabeth y Elissa, las cuales le cuidan , con ellas se muentras una chica muy  curiosa ,  constantemente pregunta las cosas  y le encanta aprender cosas nuevas , por eso la an apuntado a un insituto  de renombre .
No suele hablar mucho , pero tampoco es la típica chica fría y  seca , a veces  incluso se sonroja si la alagan  en demasía .
Al fin  y al cabo no deja de ser solo una niña , no  ve maldad en nadie así que suele ser un poco inocente , por eso siempre va acompañada de su criada Elissa.
Siempre  está en babia , se distrae con cualquier cosa ,  es una chica muy pensativa , muchas veces la puedes encontrar en un rincon sin decir nada y se puede pasar largas horas .
No suele tener muchas amistades  así que la  gran parte del tiempo esta en casa encerrada con su criada.
Tiene una gran  fuerza de voluntad , ella a toda costa quiere recordar  lo que olvidó , porque sabe que es importante y no se rendirá , es una persona luchadora y constante , difícil de abatir .
En cuanto al amor , al principio se muestra ruda y  fuerte , para que el chico en cuestión no se de cuanta de sus intenciones pero una vez este las sabe se vuelve  una chica mas fácil de manejar  aunque no del todo amorosa  , nunca a sido alguien expresivo de sus sentimientos .

-
Virtudes
-Cantar.
-Vailar.
-Memorizar.
-Creatividad.
Gustos
-Los fuegos artificiales.
-Los animales.
-Las cosas dulces.
-La música.
-El azul y el violeta.
-El conde.
OdiosEl mar
Manías y vicios Curiosear

Información Histórica

Familia
Tiene cinco hermanas y su abuela , pero no recuerda nada de ellas.
Actualmente cuidan de ella Lady Elisabeth Payne Taylory su niñera Elissa.
Historia:

En alta mar el agua es de un azul más azul que el añil más intenso, y clara como el cristal más puro; pero es tan profunda, que sería inútil echar el ancla, pues jamás podría ésta alcanzar el fondo. Habría que apilar muchos campanarios, unos encima de otros, para que, desde el fondo, llegasen a la superficie.
Allí abajo viven los seres del mar. Porque no vayáis a creer que allí sólo está el desnudo fondo blanco de la arena.  No, allí crecen también maravillosos árboles y plantas que tienen tallos y hojas tan flexibles que al menor movimiento del agua se mueven y agitan como dotadas de vida. Toda clase de peces, grandes y chicos, se deslizan por entre las ramas, igual que se deslizan aquí arriba los pájaros por el aire. En el lugar más profundo se alza el palacio del rey del mar; las paredes son de coral multicolor, y las largas ventanas puntiagudas, del ámbar más transparente; y el tejado está hecho de conchas, que se abren y cierran según la corriente del agua. Cada una de estas conchas encierra perlas brillantísimas, la menor de las cuales honraría la corona de una reina.
Hacía muchos años que el rey del mar era viudo; su anciana madre dirigía la casa con admirable energía. Era una mujer muy inteligente, pero orgullosa de su nobleza; por eso se adornaba la cola con doce ostras, mientras que los demás nobles sólo estaban autorizados a llevar seis. Fuera de esto merecía muchos elogios, especialmente porque adoraba a las princesitas del mar, sus nietas. Estas eran seis, y todas bellísimas, pero la más pequeña era la más bonita de todas. Su piel era tan clara y delicada como un pétalo de rosa, sus ojos tan azules como el más profundo lago. Pero, igual que todas sus hermanas, no tenía pies; porque en el lugar donde todas las niñas tienen las piernas ellas lucían una cola de pez.
Las princesas se pasaban el día jugando en las inmensas salas del palacio, en cuyas paredes crecían flores naturales. Cuando se abrían los grandes ventanales de ámbar, los peces entraban nadando hacia ellas, como vuelan entre nosotros las golondrinas, y los peces se acercaban a las princesitas para que les dieran de comer de la mano y les acariciaran.
Frente al palacio había un gran jardín, con árboles de color rojo fuego y azul oscuro; sus frutos brillaban como oro, y las flores parecían llamas, porque sus tallos y sus pétalos se movían continuamente. El suelo era de arena finísima, azul como la llama del azufre. De arriba descendía un maravilloso resplandor azul; y se podía pensar que uno estaba muy alto en la atmósfera, con el cielo por encima y por debajo, y no en el fondo del mar.
Cuando todo estaba en calma, se podía ver el sol; parecía una flor púrpura, cuyo cáliz irradiaba luz.
Cada una de las princesas tenía su propio pedacito de jardín, donde cavaba y plantaba lo que le venía en gana. Una había dado a su porción forma de ballena; otra había preferido que tuviese la de una sirenita. En cambio, la menor hizo su pedazo bien redondo, como el sol, y sólo puso flores rojas, que brillaban como él. Era una chiquilla muy especial, callada y pensativa, y mientras sus hermanas adornaban sus jardines con toda clase de objetos raros y extravagantes que encontraban en los barcos naufragados, ella sólo había colocado, además de las rojas flores semejantes al sol, una bella estatua de mármol. La estatua representaba un muchacho hermosísimo, esculpido en blanca y nítida piedra, que había llegado al fondo del océano en un naufragio. La princesa plantó junto a la estatua un sauce llorón de color rosa; el árbol creció espléndidamente, y sus ramas colgaban sobre el niño de mármol, proyectando en el arenoso fondo azul su sombra violeta, que se movía a compás de aquéllas; parecía como si las ramas y las raíces jugasen unas con otras y se besasen.
Lo que más encantaba a la princesa era oír hablar del mundo de los hombres de allá arriba; la abuela tenía que contarle todo cuanto sabía de barcos y ciudades, de hombres y animales. Le parecía particularmente maravilloso que arriba, en la tierra, las flores tuvieran olor, pues las del fondo del mar no olían a nada; y le sorprendía también que los bosques fuesen verdes, y que los peces que se movían entre los árboles cantasen tan melodiosamente que era un placer escucharlos. Se refería a los pajarillos, que la abuela llamaba peces, para que las niñas pudieran entenderla, pues no habían visto nunca aves.
- Cuando cumpláis quince años -dijo la abuela- se os dará permiso para salir de las aguas, sentaros a la luz de la luna en los arrecifes y ver pasar navegando los grandes barcos; entonces veréis también bosques y ciudades.
Al año siguiente,  la mayor de las hermanas cumpliría los quince años; todas se llevaban un año de diferencia, por lo que la menor debía aguardar todavía cinco años, hasta poder salir del fondo del mar y ver cómo son las cosas en nuestro mundo. Pero cada una había prometido describir a las demás lo más hermoso que viese el primer día; pues por más cosas que su abuela les contase siempre quedaban muchas que ellas estaban curiosas por saber.
Ninguna, sin embargo, estaba tan ansiosa como la menor, justamente ella, que era la que más tiempo tenía que esperar y que era tan callada y pensativa. Se pasaba muchas noches asomada a la ventana, dirigiendo la mirada a lo alto, contemplando, a través de las aguas azuloscuro, cómo los peces correteaban agitando las aletas y la cola. Alcanzaba también a ver la luna y las estrellas, que a través del agua parecían muy pálidas, aunque mucho mayores de como las vemos nosotros. Cuando una nube negra las tapaba, la princesa sabía que era una ballena que nadaba por encima de ella, o un barco con muchos hombres a bordo, los cuales jamás hubieran pensado en que allá abajo había una joven y encantadora sirena que extendía sus  blancas manos hacia la quilla del navío.
Llegó, pues, el día en que la mayor de las princesas cumplió quince años, y se remontó hacia la superficie del mar.
A su regreso traía mil cosas que contar, pero lo más hermoso de todo, según dijo, había sido echarse sobre un banco de arena, bajo la luz de la luna, con el mar en calma, y contemplar la cercana costa con una gran ciudad, donde las luces centelleaban como millares de estrellas, y oír la música, el ruido y los rumores de los carruajes y las personas, ver los campanarios y torres y escuchar el tañido de las campanas.
¡Ah, con cuánta avidez la escuchaba su hermana menor! Cuando, ya anochecido, salió a la ventana a mirar a través de las aguas azules, no pensaba en otra cosa sino en la gran ciudad, con sus ruidos y su bullicio, y le parecía oír el son de las campanas, que llegaba hasta el fondo del mar.
Al año siguiente, la segunda hermana tuvo permiso para subir a la superficie y nadar en todas direcciones. Emergió en el momento preciso en que el sol se ponía, y aquel espectáculo le pareció lo más maravilloso. Todo el cielo parecía de oro -dijo-, y las nubes, ¡oh, las nubes, quién sería capaz de describir su belleza! Habían pasado encima de ella, rojas y moradas, y con mucha mayor velocidad pasó volando, semejante a un largo velo blanco que rozaba el agua en dirección al sol, una bandada de cisnes salvajes. Ella nadó hacia el sol; pero el astro se hundió, y en un momento desapareció el tinte rosado del mar y de las nubes.
Al cabo de otro año le tocó el turno a la tercera hermana. Era la más audaz de todas; por eso se atrevió a remontar un ancho río que desembocaba en el mar. Vio deliciosas colinas verdes cubiertas de viñas, y palacios y cortijos que destacaban entre magníficos bosques; oyó el canto de los pájaros, y el calor del sol era tan intenso, que la sirena tuvo que sumergirse varias veces para refrescarse el rostro ardiente. En una pequeña bahía se encontró con una multitud de chiquillos que corrían desnudos y chapoteaban en el agua. Quiso jugar con ellos, pero los pequeños huyeron asustados, y entonces se le acercó un animalito negro, un perro; jamás había visto un animal parecido, y como ladraba terriblemente, la princesa tuvo miedo y corrió a refugiarse en alta mar. Nunca olvidaría aquellos soberbios bosques, las verdes colinas y el tropel de chiquillos, que podían nadar a pesar de no tener cola de pez.
La cuarta hermana no fue tan atrevida; no se movió de alta mar, y dijo que éste era el lugar más hermoso; desde él se divisaba un espacio de muchas millas, y el cielo semejaba una campana de cristal. Había visto barcos, pero a gran distancia; parecían gaviotas; los graciosos delfines habían estado haciendo piruetas, y las grandes ballenas proyectaban agua por las narices como centenares de surtidores.
Le llegó el turno a la quinta hermana; su cumpleaños caía justamente en invierno; por eso vio lo que las demás no habían visto la primera vez. El mar estaba intensamente verde, y flotaban alrededor grandes icebergs, parecidos a perlas -dijo- y, sin embargo, mucho mayores que los campanarios que construían los hombres. Adoptaban las formas más caprichosas y brillaban como diamantes. Ella se había sentado en la cúspide del más voluminoso, y todos los veleros se desviaban aterrorizados del lugar donde ella estaba, con su larga cabellera ondeando al impulso del viento. Al atardecer el cielo se había cubierto de nubes, y habían estallado relámpagos y truenos, mientras el mar ennegrecido levantaba los enormes bloques de hielo que brillaban a la roja luz de los rayos. En todos los barcos arriaban las velas, y las tripulaciones eran presa de angustia y de terror; pero ella había seguido sentada tranquilamente en su iceberg contemplando los rayos azules que zigzagueaban sobre el mar reluciente.
La primera vez que una de las hermanas salía a la superficie se sentía cautivada por las cosas nuevas y bellas que veía. Pero una vez tuvieron permiso para subir cuando les viniera en gana, aquel mundo nuevo pasó a ser indiferente para ellas. Sentían la nostalgia del suyo, y al cabo de un mes afirmaron que sus parajes submarinos eran los más hermosos de todos, y que lo mejor era quedarse en casa.
Algún que otro atardecer, las cinco hermanas se cogían de la mano y subían juntas a la superficie. Tenían bellísimas voces, mucho más bellas que las de cualquier humano y cuando se fraguaba alguna tempestad, se situaban ante los barcos que corrían peligro de naufragio, y con arte exquisito cantaban a los marineros las bellezas del fondo del mar, animándolos a no temerlo; pero los hombres no comprendían sus palabras, y creían que eran los ruidos de la tormenta, y nunca les era dado contemplar las magnificencias del fondo del mar, pues si el barco se iba a pique, los tripulantes se ahogaban, y al palacio del rey del mar sólo llegaban cadáveres.
Cuando, al anochecer, las hermanas, cogidas del brazo, subían a la superficie del océano, quedaba la hermanita menor completamente sola, mirándolas con ganas de llorar; pero las sirenas no tienen lágrimas , y por eso es mayor su sufrimiento.
- ¡Ay, si tuviera quince años! -decía la sirenita -. Sé que me gustará el mundo de allá arriba, y amaré a los hombres que lo habitan y lo construyen.
Y como todo llega en este mundo, al fin cumplió los quince años.
- Bien, ya eres mayor -le dijo su abuela, la anciana reina madre-. Ven, déjame que te adorne como a tus otras hermanas-.
Y le puso en el cabello una corona de lirios blancos. Cada pétalo de las flores era una media perla, y la anciana prendió ocho grandes ostras en la cola de la princesa como distintivo de su alto rango.
- ¡Duele! -exclamaba la doncella.
- Sí, algo se sufre con la coquetería -contestó la anciana.
La doncella de muy buena gana se habría sacudido todos aquellos adornos y la pesada diadema, para quedarse vestida con las rojas flores de su jardín; pero no se atrevió a cambiar nada.
- ¡Adiós! - dijo, elevándose, ligera y diáfana a través del agua, como una burbuja.
El sol acababa de ocultarse cuando la sirena asomó la cabeza a la superficie; pero las nubes relucían aún como rosas y oro, y en el rosado cielo brillaba, clara y preciosa, la estrella vespertina; el aire era suave y fresco, y en el mar reinaba absoluta calma. Había a poca distancia un gran barco de tres mástiles; una sola vela estaba izada, pues no se movía ni la más leve brisa, y en cubierta se veían los marineros por entre las jarcias y sobre las pértigas. Había música y canto, y al oscurecer encendieron centenares de farolillos de colores; parecía como si ondeasen al aire las banderas de todas las naciones.
La joven sirena se acercó nadando a las ventanas de los camarotes, y cada vez que una ola la levantaba, podía echar una mirada a través de los cristales, límpidos como espejos. Vio a muchos hombres lujosamente ataviados. El más hermoso de todos era el joven  conde , de grandes ojos azules . Seguramente no tnedría mas allá de 15 años , pues no aprecía muy adulto . Al parecer era el cumpleaños de la reina , y lo estaban celebrando allí.
Los marineros bailaban sobre cubierta. Cuando salió la reina se dispararon más de cien cohetes, que brillaron en el aire, iluminándolo como la luz de día, por lo cual la sirena, asustada, se apresuró a sumergirse unos momentos; cuando volvió a asomarse a la superficie del agua, le pareció como si todas las estrellas del cielo cayesen sobre ella. Nunca había visto fuegos artificiales. Grandes soles zumbaban alrededor, magníficos peces de fuego surcaban el aire azul, reflejándose todo sobre el espejo del agua.En el buque era tal la claridad, que podía distinguirse cada cuerda, con más razón las personas. ¡Qué guapo era el joven Conde! Estrechaba las manos a los marinos y a los invitados , sonriente, mientras la música sonaba en la preciosa noche.
Pasaba el tiempo, y la pequeña sirena no podía apartar los ojos del navío ni del apuesto Conde. Apagaron los faroles de colores, los cohetes dejaron de elevarse y cesaron también los cañonazos, pero en las profundidades del mar aumentaban los ruidos. Ella seguía meciéndose en la superficie, para echar una mirada en el interior de los camarotes a cada vaivén de las olas. De pronto el barco aceleró su marcha, izaron todas las velas, una tras otra, y, a medida que el oleaje se intensificaba, el cielo se iba cubriendo de nubes; en la lejanía zigzagueaban ya los rayos.
Se estaba preparando una tormenta horrible, y los marinos tuvieron que arriar nuevamente las velas. El enorme buque se balanceaba con ritmo desenfrenado en el mar embravecido, las olas se alzaban como grandes montañas negras que amenazaban estrellarse contra los mástiles; pero el barco seguía flotando como un cisne, hundiéndose en los abismos y levantándose hacia el cielo alternativamente, juguete de las aguas enfurecidas. A la joven sirena le parecía aquello un delicioso paseo, no así a los marineros. El barco crujía y se estremecía, las gruesas tablas se torcían a los embates del mar. El palo mayor se partió como si fuera una caña, y el barco empezó a tambalearse de un costado al otro, mientras el agua penetraba en él por varios puntos. Sólo entonces comprendió la sirena el peligro que corrían aquellos hombres; pues ella misma tenía que ir muy atenta para esquivar los maderos y restos flotantes. Unas veces la oscuridad era tan completa, que la sirena no podía distinguir nada en absoluto; otras veces los relámpagos daban una luz vivísima, permitiéndole reconocer a los hombres del barco, cada uno tratando de ponerse a salvo.
Buscaba especialmente al Conde , y, al partirse el navío, lo vio hundirse en las profundidades del mar. Su primer sentimiento fue de alegría, porque pensó que así llegaría hasta ella; pero luego recordó que los humanos no pueden vivir bajo el agua, y que el hermoso joven llegaría muerto al palacio de su padre. No, no era posible que muriese; por eso  empezó a nadar por entre los maderos y tablas que flotaban esparcidas por la superficie, sin pensar en que podían aplastarla. Sumergiéndose en el agua y elevándose nuevamente, llegó al fin al lugar donde se encontraba el Conde, el cual se hallaba casi al límite de sus fuerzas; los brazos y piernas empezaban a entumecérsele, sus bellos ojos se cerraban, y habría sucumbido sin la llegada de la sirenita, la cual sostuvo su cabeza fuera del agua y se abandonó al impulso de las olas.
Al amanecer, la tempestad se había calmado, pero del barco no se veía el menor resto; el sol se elevó, rojo y brillante, del seno del mar, y pareció como si las mejillas del Conde recobrasen la vida, aunque sus ojos permanecían cerrados. La sirena le besó en su hermosa y despejada frente y le apartó el cabello empapado; entonces lo encontró parecido a la estatua de mármol de su jardincito; volvió a besarlo, deseosa de que viviese.
La tierra firme apareció ante ella: altas montañas azules, en cuyas cimas resplandecía la blanca nieve, como cisnes allí posados; en la orilla se extendían soberbios bosques verdes, y en primer término había un edificio que no sabía lo que era, pero que podía ser una iglesia o un convento. En su jardín crecían naranjos y limoneros, y ante la puerta se alzaban grandes palmeras. El mar formaba una pequeña bahía, resguardada de los vientos, pero muy profunda, que se alargaba hasta unas rocas cubiertas de fina y blanca arena. A ella se dirigió con el bello Conde y, depositándolo en la playa, tuvo buen cuidado de que la cabeza le quedase bañada por la luz del sol.
Las campanas estaban doblando en el gran edificio blanco, y un grupo de muchachas salieron al jardín. Entonces la sirena se alejó nadando hasta quedar detrás de unas altas rocas que sobresalían del agua, y, cubriéndose la cabeza y el pecho con espuma de mar para que nadie pudiese ver su rostro, se puso a vigilar quién se acercaría al pobre Conde.
Al poco rato llegó junto a él una de las jóvenes. En el primer momento pareció asustarse enormemente, pero reaccionó enseguida y fue en busca de sus compañeras, y la sirenita vio cómo el Conde  volvía a la vida y cómo sonreía a las muchachas que lo rodeaban; sólo a ella no le sonreía, pues ignoraba que lo había salvado.
Desde ese día  iba sintiendo más afecto por los humanos y en especial por el Conde; cada vez sentía mayores deseos de subir hasta ellos, hasta su mundo, que le parecía mucho más vasto que el suyo: ellos podían volar en sus barcos por la superficie marina, escalar por las montañas hasta las nubes; poseían tierras cubiertas de bosques y campos, que se extendían mucho más allá de donde alcanzaba la vista. Había muchas cosas que deseaba saber, pero sus hermanas no podían contestar a todas sus preguntas. Por eso acudió a la abuela, la cual conocía muy bien aquel mundo superior, que ella llamaba, con razón, los países sobre el mar.
- Suponiendo que los hombres no se ahoguen -preguntó la pequeña sirena-, ¿viven eternamente? ¿No mueren como nosotras, los seres submarinos?
- Sí - contestó la abuela -, ellos mueren también, y su vida es aún más breve que la nuestra. Nosotras podemos alcanzar la edad de trescientos años, pero cuando dejamos de vivir nos convertimos en simple espuma de mar, que flota sobre el agua, y ni siquiera nos queda una tumba entre nuestros seres queridos. No poseemos un alma inmortal, jamás renaceremos; somos como los verdes juncos: una vez los han cortado, jamás reverdecen. Los humanos, en cambio, tienen un alma, que vive eternamente, aun después que el cuerpo se ha transformado en tierra; un alma que se eleva a través del aire diáfano hasta las brillantes estrellas.
Del mismo modo que nosotros emergemos del agua y vemos las tierras de los hombres, así también ascienden ellos a sublimes lugares desconocidos, que nosotros no veremos nunca.
- ¿Por qué no tenemos nosotras un alma inmortal? -preguntó, afligida, la pequeña sirena-. Gustosa cambiaría yo cada uno de mis trescientos años de vida por ser una persona humana un sólo día y poder participar luego del mundo celestial.
- ¡No pienses en eso! -dijo la anciana-. Nosotras somos mucho más dichosas y mejores que los humanos de allá arriba.
- Así, pues, ¿Tendré que resignarme a morir y vagar por el mar convertida en espuma, sin oír la música de las olas, ni ver las hermosas flores y el rojo globo del sol? ¿No podría hacer nada para recibir un alma inmortal?
- No -dijo la abuela-. Hay un medio, sí, pero es casi imposible: sería necesario que un hombre te quisiera con un amor mas intenso del que tiene a su padre y a su madre; que se aferrase a ti con  toda la fuerza de su pensamiento y todo su amor, e hiciese que un sacerdote enlazase vuestras manos, prometiéndote fidelidad aquí y para toda la eternidad. Entonces su alma entraría en tu cuerpo, y tú también tendrías parte en la bienaventuranza reservada a los humanos. Te daría un alma sin perder por ello la suya. Pero eso jamás podrá suceder. Lo que aquí en el mar es bello, me refiero a tu cola de pez, en la tierra lo encuentran repulsivo. Ellos entienden que para ser hermosos necesitan dos toscos soportes que llaman piernas.
La sirenita suspiró y miró apenada su cola de pez.
- No nos pongamos tristes -le animó la anciana-. Saltemos y brinquemos durante los trescientos años que tenemos de vida. Es un tiempo muy largo; mejor se descansa luego. Esta noche celebraremos un baile de gala.
La fiesta fue de un esplendor como nunca se ve en la tierra. Las paredes y el techo del gran salón de baile eran de grueso cristal, pero transparente. Centenares de enormes conchas, de color rosa y verde, se alineaban a uno y otro lado, sosteniendo llamas azules que iluminaban toda la sala y proyectaban su luz al exterior, a través de las paredes, y alumbraba el mar, permitiendo ver los innumerables peces, grandes y chicos, que nadaban junto a los muros de cristal: unos, con brillantes escamas púrpura; otros, con reflejos dorados y plateados. Por el centro de la sala fluía una ancha corriente, y en ella bailaban sirenas y tritones al son de su propio y delicioso canto; los humanos de nuestra tierra no tienen tan bellas voces. La joven sirena era la que cantaba mejor; los asistentes aplaudían, y por un momento sintió un gozo auténtico en su corazón, al percatarse de que poseía la voz más hermosa de cuantas existen en la tierra y en el mar. Pero muy pronto volvió a acordarse del mundo que había por encima de ella; no podía olvidar al apuesto Conde, ni su inmensa pena por no tener como él un alma inmortal.
Por eso salió disimuladamente del palacio  y, mientras en él todo eran cantos y regocijo, ella se sentó triste en su jardincito, presa de la melancolía. Entonces oyó los sonidos de un cuerno que llegaban a través del agua, y pensó:<>
Entonces en frente de ella apareció una sirena  de piel obsura , la cual había escuchado todo : <>
La sirenita aceptó sin pensarlo dos veces , ya que el amor por ese apuesto joven la cegaba , pero ella no sabía que si ese joven no le amaba , ella se  convertiría en espuma...
La princesa despertó en la playa , con amnesia , no recordaba nada de nada , estaba perdida y asustada , no sabía que hacer , entonces una anciana adinerada la encontró vagando por las calles de la ciudad y  la adoptó llamandola "Eveline" Para luego darle su apellido y educarla como una hija , la cual nunca pudo tener. Eveline se acostumbró a esa vida  llena de comodidades y lujos ,además le dieron una compañera de juegos Elissa, de la cual no se separa , pero ella quería recordar lo que había olvidado , porque ella sabía que era algo muy importante , su corazón se lo decía.
Ahora  actualmente  va a un instituto y  lucha con su amnesia asistiendo a medicos especializados en eso  para  poder recordar lo que olvidó , pero  ellos no saben que hasta que no se cruce con su Conde , no volverá a reocordar nada nunca  mas y mirirá ...  

Poderes:-
Debilidades: El agua , cada vez que se acerca siente miedo y no quiere entrar.
Otros Datos: No puede entrar en el agua por el conjuro que la sirena oscura le hizo , la pobre  sirenita no sabía que esa mujer le había engañado y la había sentenciado a muerte.
Si no encuentra al joven conde , ella morirá temprano , tiene   un año de vida actualmente.
Avatar: Ciel Phantomhive|Kuroshitsuji|Lady Eveline Payne

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Lady Eveline Payne

Pareja : Ojalá sea mi Conde...
Mensajes : 2

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Re: Te amaré por mas de cien años , mi pequeño conde.

Mensaje por Invitado el Lun Sep 23, 2013 2:45 pm

Aceptada

Holanda owo/
Todo en orden, puedes pasar a hacer los registros de NOMBRES, de EMPLEO y VOZ éste último siendo opcional, queda en ti hacerlo.Los demás registros ya me encargue, por lo que no debes preocuparte por eso, tan solo rolea. Y antes que se me pase, te doy oficialmente la bienvenida al foro <3

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